Entrenar la mirada

Andar y contar

He estado tres veces en Londres. La primera con 14 años, en un puente de diciembre. A la vuelta tenía examen de Geografía. Explotaciones agrícolas, cereales, leguminosas, oleaginosas y la madre que las parió a todas. La segunda, con 17 años, de viaje de fin de Bachillerato. Por las noches, hablando bajito para no ganarnos un parte disciplinario, nos reuníamos en una habitación los Doce Apóstoles y bebíamos Captain Morgan, vodka a palo seco y demás ingeniosidades que se beben con 17 años. Por las mañanas nos hacíamos los resacosos, alguno fingía que potaba detrás de un árbol en Hyde Park porque nos parecía –jaja– que era de guay y nuestro mayor disfrute cultural fue fotografiarnos con los Beatles en el Madame Tussauds mientras le hacíamos cuernos a George Harrison y le metíamos un dedo en la nariz a John Lennon. La tercera vez que estuve en Londres fue en septiembre, visitando a un amigo que vive a las afueras en una urbanización de arquitectura victoriana maravillosa. Las resacas fueron, esa vez, reales, pero me reconcilié con el Tower Bridge, no me desagradó la catedral de San Pablo, me importó que el puente del Milenio lo construyese Norman Foster y quedé deslumbrado con el efecto que los rayos de un sol inédito hacían sobre los marcos dorados del reloj del Big Ben. Existe hoy una pulsión irrefrenable por conquistar todos los rincones recónditos del planeta. La calle está llena de Magallanes con palo selfi; las casas, repletas de mapamundis grisáceos que descubren colorinches a la fricción con la uña. Viajar es una crucecita en la lista de una agenda con la que impresionar a amigotes, stories destacados para hacer rabiar a los seguidores, carruseles de fotos de la aventura africana posando con tortugas de Zanzíbar y cogiendo en brazos a niños negros. Ay, qué buenas personas somos. Pero tan importante es conocer sitios nuevos como volver a aquellos que un día descubrimos. Poner a prueba la evolución de nuestra mirada es un ejercicio bellísimo: la despojamos de prejuicios, le otorgamos nitidez y finura, la limpiamos de fantasmas. La mirada hay que entrenarla, si no, se oxida y genera carcas. Hay tres Londres en mí. Está el inabarcable, exagerado y atemorizante; está el indiferente y el nimio; y emerge, por último, el interesante y misterioso. Presumo un cambio en la ciudad en los últimos 15 años, pero eso no es determinante. Lo importante es que cambiamos nosotros: lo que antes percibíamos como mastodóntico ahora es minúsculo, y lo que otrora era insignificante se alza hoy espléndido. Estamos hechos de los lugares a los que hemos vuelto, esos que nos han demostrado que, al fin y al cabo, hemos vivido. Si no hubiese viajado de nuevo a Londres, quién sabe, tal vez seguiría pensando que el Madame Tussauds es el mejor museo de la ciudad. Y chico, con 17 años hace gracia, pero ahora, qué horror.

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