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Recuerdo cuando siendo yo un niño, mi padre me llevó al cine a ver Los dientes del diablo, una película que narraba la vida de los esquimales basada en la novela El país de las sombras largas y protagonizada por Anthony Quinn en el papel de Inuk, un cazador que debía de luchar contra las duras condiciones del Ártico para mantener a su familia. La escena que más me conmovió fue aquella en que la madre de Asiak (la mujer de Inuk) decide abandonar el iglú familiar al haber perdido todos sus dientes y ser incapaz de digerir el alimento fundamental en aquellos parajes, la carne de foca. La anciana no puede aceptar que su hija tenga que masticarle el alimento antes de que ella pueda deglutirlo y decide perderse entre los hielos a esperar que el Gran Hermano Oso termine con su existencia. A pesar del mucho tiempo que ha pasado, pienso en la resignada esquimal cada vez que se hace referencia a las residencias de ancianos a las que veo en cierta manera como una especie de sofisticado Gran Hermano Oso en que (más por iniciativa de sus parientes que por decisión propia) se recluye a las personas mayores ya que sus allegados entienden que, aunque sin llegar al extremo de tener que masticarles la comida, los viejos se convierten en un estorbo para el “normal” funcionamiento de la unidad familiar. En general y por muy cómoda e incluso suntuosa (si se tienen posibles para ello) que pueda parecer la estancia en estos establecimientos, lo cierto es son unos confortables “corredores de la muerte” en los que se espera el final, eso sí, sin necesidad de la inyección letal o la silla eléctrica propias de las penitenciarías. La diferencia entre el buscado terrible final de la anciana esquimal y el más o menos placentero que les sobrevendrá a los huéspedes de las casas de retiro es la dignidad. Hasta una época relativamente reciente la vida se vivía con plenitud y el final solía asociarse con la imposibilidad de la persona de valerse por sí misma. Ahora, para bien o para mal, a los ancianos les espera un largo trecho de existencia en que la sociedad no les necesita y les deja aparcados y fuera de uso para, si acaso, dado que no pierden su condición de votantes, ser utilizados por políticos y entidades para abducirlos a su causa. Me resulta doloroso verles ejercer de saltimbanquis por un plato de jamón o unos polvorones en ferias, fiestas y otros variopintos saraos. La vejez no es necesariamente eso y así tenemos a Clint Eastwood haciendo películas con 93 años, a Mario Vargas Llosa escribiendo libros con 87 y a John Williams componiendo bandas sonoras a los 91. Al respecto, el director Michael Haneke (84) nos mostró en la maravillosa película Amor, la tremenda dignidad con que dos ancianos, Jean L. Trintignant (81) y Emmanuelle Riva (89) afrontan el desenlace de sus vidas.
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