La noche más fría

Un cortado

Ha pasado un año de la noche más fría que recuerdo en mucho tiempo. Hay personas con especial sensibilidad que sostienen que la muerte viene acompañada de un frío distinto. No me encuentro entre los muy creyentes –de casi nada en general–, pero ese maldito frío fue el que se apoderó personalmente de todo mi ser cuando me acerqué a la Plaza Alta de Algeciras aquel trágico 25 de enero de 2023. Ocurrió minutos después de que un demonio disfrazado de humano hurtase la vida de Diego Valencia, sacristán de La Palma, en una jornada de terror que recorrió el más puro corazón de la ciudad desde San Isidro hasta su templo por excelencia.

Ese frío por todo el cuerpo –insisto que para mí es sobrenatural– es una de esas huellas que todavía recuerdo cuando me percato de que el tiempo lo cura todo (o casi todo). Se antoja imposible ponerse en la piel de esa familia, de todas personas que atravesaron aquel inolvidable trago aquel día que fueron, como solían, a su misa del barrio o a la catequesis. Es absurdo imaginarse qué pudo sentir cualquiera de los que se cruzó, aunque solo fuera de soslayo, con la imagen fantasmagórica de la chilaba y el machete, impune y a placer por las calles, amparado en la oscuridad.

A quienes nos tocó intentar contarlo y trasladar el horror al teclado con el máximo respeto posible, difícilmente se nos va a pasar el 25 de enero como una hoja más del calendario, da igual que el año que vista. Son marcas de tinta que nunca se van.

Pero la vida sigue y la Plaza Alta no tardó en recuperar su normalidad y su esplendor. Las velas y las flores sobre la piedra ya no están, pero el recuerdo de Diego será para siempre, especialmente entre quienes lo tenían cerca. Las buenas personas nunca se van.

Si algo se puede extraer de todo este inexplicable terror es que Algeciras supo reponerse y la convivencia no se resintió lo más mínimo. La gente es la principal responsable de esta sanación espontánea porque la realidad es que en esta ciudad, como en el resto, hay infinitamente muchos más buenos que malos. Por mucho que cada día seamos bombardeados por continuas barbaridades del ser humano, sigue habiendo muchos más buenos que malos y a ese clavo ardiendo hay que agarrarse para resistir.

El energúmeno causante de aquel mal, a quien no quiero ni mencionar, libra su particular purgatorio dentro de los inacabables trámites de la Justicia. Lo único que en este punto me interesa –creo que como a la mayoría de los algecireños– es que la Audiencia Nacional dictamine que no volverá a pisar la calle. Que lo dejen fuera de la sociedad, ya sea entre rejas o entre las paredes de un psiquiátrico, porque ya ha dejado claro en sus testificaciones que lo volvería a hacer. Que la Justicia no permita otro 25 de enero.

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