Quédate a una más

Andar y contar

El año pasado, cuando vivía en el barrio de Salamanca, en Madrid, acudía a veces al parquecito Eva Perón a leer. El acto de leer es como el acto de follar: de vez en cuando hay que cambiar el sitio en el que se hace para que no se pierda la magia. Es un parquecito, como deben serlo todos, lleno de vida. De niños que ríen cuando saltan y lloran cuando se caen, de corredores que desprenden profesionalidad y de tipos rellenitos que están en el camino de alcanzarla. Hay también chavales que pasean a labradores y golden retrievers abrazables, y viejos con cara de mala hostia y señoras polioperadas de cabellos ultralacados que pasean en pareja a chihuahuas y yorkshires pateables. Casi nunca encontraba sitio en el mismo banco. Me recordaba al colegio, cuando el profesor nos cambiaba de sitio cada dos meses para que nos relacionásemos con otros compañeros o para que dejásemos de dar por saco en clase con el mejor amigo. Pero lo cierto es que me gustaba el cambio asiduo de bancos porque me enriquecía de perspectivas. Un día me tocó cerca de un merendero en el que seis septuagenarias estaban jugando a las cartas. A un juego de esos antiguos que requieren de cierta destreza y estrategia, no como mi generación, que no pasa del Burro, del Mentiroso y del putísimo Strip póker. Fue uno de esos días en los que lo que pasaba delante de mis narices me pareció más interesante que lo que leía. Hice como que estaba sumergido en La agonía de Francia para disimular mi alcahuetería y me puse a escuchar. Hablaban de lo que a veces hablan las septuagenarias. Del nieto y del hijo que nunca sentó cabeza y no se lo había dado; de Can Yaman, el turco guapísimo de Pájaro soñador. “¿Cómo decías que se llamaba?”, preguntaba una. “Canyama”, respondía otra. “Noo, Canyamán”, corregía una tercera. “Da igual cómo se llame. Está el chico pa comérselo a besos”, puntualizaba la cuarta. Y las seis reían, sabiéndose adolescentes. Cuando terminaron la ronda de cartas, una de ellas se levantó y dijo que se marchaba. El resto la reprendió. “Siempre te vas la primera, venga, quédate a una más, coño, que lo mismo te mueres mañana y ya no te vemos”. Y la que se iba se resignó y volvió a sentarse. Todas aplaudieron entre carcajadas. La escena me recordó a esas noches en las que un amigo o yo mismo apurábamos el último trago de cerveza para salir escopeteados a nuestras casas a hacer absolutamente nada y el resto le abroncábamos o me abroncaba. Ese día aprendí que hay que ir más a los parques a ver a las viejas jugar a las cartas y que no debemos esperar a estar a punto de morirnos para dejar de rechazar a un amigo una última ronda.

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